Hay discos que uno escucha y discos que uno habita, este disco en particular lo habité durante el tiempo que aprendí a caminar en la oscuridad, y no, no se trata solo de una metáfora, sino de algo real.
San Felices, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol, fue durante un tiempo un lugar al que iba todas las noches, caminaba en la oscuridad de las calles, con los audífonos puestos, intentando atravesar una tristeza, que entonces creía entender. Había terminado con él y no sabía muy bien qué hacer con todo lo que queda, como cuando una historia termina y aún no quieres que llegue su final.
Así que caminaba, quizá necesitaba cansarme, quizá necesitaba que el cuerpo hiciera algo mientras la cabeza no dejaba de hacer preguntas. Pensaba que estaba caminando para dejar atrás una historia, para dejar atrás la ansiedad y la incertidumbre, pero mientras caminaba las canciones empezaron a decir cosas que yo no sabía que necesitaba escuchar. Y entonces entendí que aquella tristeza tenía más de un nombre.
Debajo del dolor de haberlo perdido a él había otra ausencia, mucho más antigua, mucho más dolorosa y totalmente definitiva: la de mi madre. Entonces entendí que me hacía falta que alguien me dijera que todo iba a estar bien, me hacía falta el abrazo de mi mamá, de esa persona que, cuando yo lloraba, podía simplemente acercarse y limpiarme las lágrimas sin preguntar nada. Me hacía falta mi mamá, y quizá hasta ese momento no había terminado de entender cuánto.
Supongo que por eso San Felices llegó a mí de aquella manera, no recuerdo exactamente cuándo dejó de ser el disco que escuchaba mientras estaba triste y se convirtió en algo más. No porque tuviera respuestas para todo lo que estaba pasando, sino porque algunas frases escondidas en sus canciones parecían responder preguntas que llevaba tiempo haciéndole a la vida. Preguntas que no sabía cómo formular, pero que estaban ahí mientras caminaba: ¿Cómo se sigue cuando algo se rompe? ¿Qué hacemos con las ausencias? ¿Dónde ponemos todo lo que todavía queremos decirle a alguien que ya no puede escucharnos? ¿Cómo se aprende a vivir sin aquello que no tiene remedio?
Con el tiempo entendí que estaba atravesando muchas cosas a la vez, porque hay tristezas que se esconden detrás de otras tristezas. Así que yo caminaba en la oscuridad y aquellas canciones caminaban conmigo. Y poco a poco y sin darme cuenta, dejaron de ser solamente canciones que escuchaba durante una ruptura; se convirtieron en una forma de atravesar el duelo, en pequeñas respuestas, en compañía, en palabras que me ayudaban a ordenar lo que sentía cuando yo no podía hacerlo sola.
Quizá por eso, cuando pienso en San Felices, no recuerdo únicamente aquellas noches; recuerdo a la mujer que caminaba por las calles oscuras y acompañada por aquellas canciones. San Felices no podía devolverme nada de lo que había perdido hasta entonces, pero podía quedarse conmigo mientras comenzaba a salir de la oscuridad.
Por: Mónica López
